Vivir de prestaciones sociales puede ser necesario en determinados momentos, pero cuando se prolonga en el tiempo también tiene consecuencias.
Los ingresos suelen ser ajustados, la incertidumbre es constante y las oportunidades de desarrollo personal y profesional se reducen.
Además, acomodarse a una prestación puede dificultar la vuelta al trabajo: retomar horarios, responsabilidades, ritmos y rutinas laborales resulta más costoso cuanto más tiempo pasa.
A esto se suma otro factor poco visible: parte de la población que trabaja y cotiza suele percibir de forma negativa a quienes dependen de ayudas de manera prolongada, generando tensiones sociales y estigmas que no favorecen la convivencia ni la integración laboral.
El trabajo no solo aporta un salario.
Aporta autonomía, hábitos, aprendizaje, relaciones sociales y la sensación de contribuir a la sociedad.
Las prestaciones pueden ser un apoyo temporal.
El empleo, en condiciones dignas, permite avanzar, recuperar estabilidad y construir un proyecto de vida propio.

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